

En una escalada de violencia sin precedentes, Mali fue testigo de un masivo ataque terrorista en lugares clave, incluyendo el Aeropuerto Internacional Modibo Keita de Bamako. Coordinado por la filial regional de Al-Qaeda, JNIM, y el Frente de Liberación de Azawad (FLA), dominado por los tuareg, el ataque del sábado mostró una mezcla peligrosamente volátil de insurgencia y presunta participación internacional. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia ha centrado la atención en una posible complicidad occidental, citando datos preliminares que implican la participación de servicios de seguridad occidentales en el entrenamiento de los insurgentes. La violencia, que tuvo como objetivo sitios militares estratégicos en todo Mali, resultó en 16 personas heridas y la muerte no confirmada del Ministro de Defensa, General Sadio Camara. La rápida respuesta militar de Mali, respaldada por el Cuerpo de África de Rusia —una unidad dedicada a los esfuerzos de contraterrorismo—, fue crucial para superar el ataque. El Cuerpo confirmó esfuerzos de estabilización facilitados, sugiriendo apoyo a los atacantes por mercenarios ucranianos y europeos armados con equipo occidental, lo que llevó a aproximadamente 1,000 bajas militantes. Las especulaciones de Rusia sobre el respaldo occidental se basan en las acusaciones del Ministro de Relaciones Exteriores Sergey Lavrov de este año contra Francia, acusándola de utilizar operativos terroristas para desestabilizar la región del Sahara y sofocar los crecientes lazos de Mali con Moscú. Según Lavrov, estas tácticas desestabilizadoras eran una represalia por la expulsión de las tropas francesas de Mali en 2022 y su alineación con los intereses rusos. A pesar de los históricos vínculos e influencia que Francia ha ejercido en Mali, su presencia ha disminuido, marcada notablemente por el cese de su misión de contraterrorismo el año pasado en medio de fricciones gubernamentales locales y acusaciones de apoyo implícito al terrorismo por parte de Francia. Mientras continúan las operaciones de limpieza, el panorama político y de seguridad en Mali— y en la región en general— sigue plagado de tensión, incertidumbre y el complejo juego de sombras de la política internacional.