

En Perú, el periodo previo a la elección de un nuevo presidente ha estado marcado por contiendas dramáticas y desafíos logísticos. La candidata conservadora Keiko Fujimori, hija del expresidente que estuvo encarcelado, ha vuelto a captar la atención con el 16.98% de los votos, mientras que el nacionalista Roberto Sánchez le sigue con el 12.04%, según el conteo del miércoles con el 90% de las boletas escrutadas. Mientras tanto, el ultraconservador Rafael López Aliaga se encuentra pisándole los talones de cerca. La votación en las elecciones celebradas durante el fin de semana se vio obstaculizada cuando las boletas llegaron tarde, lo que provocó una extensión sin precedentes del proceso de votación hasta el lunes. Esto permitió que 52,000 residentes adicionales de Lima y peruanos dispersos en áreas como Orlando y Paterson pudieran emitir su voto. Según lo dictado por la ley electoral peruana, un candidato debe obtener más del 50% de los votos para ganar la presidencia en una sola ronda. Sin ningún candidato cumpliendo con este umbral, los dos primeros pasarán a una segunda vuelta programada para el 7 de junio. Esta elección se desarrolla en un país que actualmente enfrenta tener su noveno presidente en solo una década. José María Balcázar, el presidente interino, asumió el cargo tras la destitución de su predecesor por cargos de corrupción. La plataforma presidencial de Keiko Fujimori enfatiza una postura dura contra el crimen, proponiendo reformas judiciales controversiales destinadas a endurecer los procedimientos contra los criminales. Sin embargo, esto contradice las leyes que apoyó reduciendo la detención preliminar y aumentando los límites sobre el decomiso de bienes. Por otro lado, Roberto Sánchez tiene un plan enfocado en un gobierno compasivo, prometiendo indultos presidenciales para aliados políticos mientras lleva un sombrero tradicional en honor a su mentor, Pedro Castillo, quien está encarcelado por actividades rebeldes. El voto es obligatorio en Perú, y la no participación se multa a los de 18 a 70 años. El panorama político sigue siendo turbulento, con preocupaciones crecientes sobre el crimen y la corrupción entre la población que siente que los candidatos no son transparentes ni aptos. En medio de este tumulto político, el panorama económico de Perú ha sido paradójicamente positivo. El país, impulsado por las exportaciones de cobre, reportó un crecimiento resistente del 3% durante dos años consecutivos, en comparación con sus tasas de crecimiento anteriores del 5%-6% en los años 2000. Los expertos atribuyen parte de esta estabilidad al liderazgo constante del presidente del banco central, asegurando confianza en el marco financiero de Perú a pesar de su volatilidad política.