

El número de muertos en las recientes protestas en Irán presenta un panorama complejo de relatos muy diferentes, revelando tanto la ferocidad de la represión del régimen como los desafíos para obtener información precisa desde dentro del país. Los medios internacionales y las organizaciones de derechos humanos informan de estimaciones que van desde 6,800 a 30,000 muertes, difiriendo enormemente de las cifras del gobierno y destacando la dependencia histórica del régimen en la represión violenta. La infame y brutal respuesta a la revolución de Twitter de 2009 sentó un precedente sombrío, aunque el número de muertos en esos enfrentamientos iniciales palideció en comparación con las estimaciones actuales. Informes de fuentes confiables, como la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos, cuestionan las cifras del régimen, citando un número significativamente mayor de víctimas en ciudades como Rasht. Esta discrepancia sugiere que los centros urbanos más grandes, como Teherán, podrían haber experimentado un número aún mayor de muertes, como se insinúa por la existencia de fosas comunes y morgues desbordadas. Más allá de los fallecidos, las estimaciones alarmantes de heridos —que podrían llegar hasta 300,000— sugieren niveles de violencia sin precedentes. Esta cifra desafía las ratios normales de lesiones en combate, insinuando esfuerzos deliberados por parte de las fuerzas de seguridad para infligir daños graves a través de armas como perdigones, particularmente apuntando a los ojos y cabezas de los manifestantes. Profesionales médicos en Teherán informan haber visto olas de heridos, algunos permanentemente ciegos, con operativos de seguridad incluso invadiendo hospitales para capturar a los heridos. La información de las regiones rurales, especialmente aquellas con poblaciones significativas de minorías étnicas como kurdos y baluchis, es escasa. No obstante, estas áreas son famosas por experimentar algunas de las medidas más draconianas por parte de los Guardianes de la Revolución. Junto con la operación histórica de las fuerzas de seguridad con extensa impunidad, es seguro que un gran número de incidentes permanecen sin informar, encapsulando una narrativa más amplia y más aterradora de la violencia estatal. A medida que el mundo lidia con estos informes y aumentan las preocupaciones por los abusos a los derechos humanos, el desafío de la comunidad internacional sigue siendo desvelar el verdadero alcance de la crisis y asegurar la rendición de cuentas y justicia para las vidas perdidas y aquellas irreparablemente alteradas por esta violencia continua.